Sostener lo común: materialidad precaria y arquitectura del cuidado

Luz Bañón

¿Qué sostiene aquello que parece sostenerse solo? Esta pregunta atraviesa Sistemas de sujeción como una tensión persistente. En un presente marcado por la inestabilidad estructural, la aceleración productiva y la fragmentación afectiva, las arquitecturas visibles (económicas, institucionales y urbanas) se presentan como sistemas sólidos, autosuficientes, aparentemente autónomos. Sin embargo, su estabilidad descansa sobre redes invisibles de cuidado y sobre una acumulación constante de micro-acciones cotidianas que rara vez son reconocidas como estructurales.

La instalación, concebida específicamente para la sala La Capilla del edificio de La Convalecencia (UMU), activa el eje vertical neogótico mediante una pieza central titulada Sistemas de sujeción: una estructura metálica modular suspendida de la que desciende un entramado denso de fibra de sisal. En las hornacinas laterales se sitúan Intersección común y Tierra habitada, realizadas con bloques de cerámica refractaria que evocan ladrillos de piedra tallados manualmente y unidos mediante cuerda de yute. El conjunto no se organiza como una suma de piezas independientes, sino como un sistema de tensiones materiales donde metal y fibra, suspensión y enraizamiento, verticalidad y suelo, fragmento y amarre dialogan en equilibrio precario.

La verticalidad neogótica del espacio, históricamente asociada a la trascendencia, es aquí atravesada por el peso. La estructura metálica suspendida podría representar la racionalidad técnica contemporánea, basada en cálculo, repetición y eficiencia. Como señala Foucault (1975), las estructuras espaciales no son neutras; organizan, distribuyen, disciplinan. Sin embargo, de esta estructura no emerge elevación sino gravedad. El sisal cae, se acumula, se enreda, se densifica. No es un material ornamental sino una fibra asociada al trabajo físico y a la resistencia. Bennett (2010) propone entender la materia como agente activo; aquí el sisal no decora el metal, lo tensiona, lo somete a fricción, lo hace vulnerable. La verticalidad deja de ser promesa de ascenso para convertirse en experiencia compartida de peso.

Algunas de las fibras alcanzan el suelo. Este gesto, aparentemente mínimo, introduce la noción de toma de tierra. La suspensión no es absoluta; la estructura no flota en abstracción. El contacto con el pavimento convierte la pieza en cuerpo enraizado. En una época marcada por la virtualización de la experiencia y la volatilidad de los sistemas económicos, tocar tierra se convierte en gesto político. Morton (2013) advierte que la separación entre lo humano y lo terrestre es insostenible; la fibra que toca el suelo recuerda que toda estructura depende de una base material compartida. La toma de tierra no elimina la tensión, pero la redistribuye. Funciona como descarga simbólica del peso colectivo.

La instalación puede leerse también desde los estudios contemporáneos sobre mantenimiento e infraestructura. Denis y Pontille (2022) han mostrado cómo los sistemas que parecen funcionar “por sí mismos” dependen en realidad de prácticas constantes de reparación, ajuste y cuidado. El mantenimiento no es una actividad secundaria sino condición estructural de toda estabilidad. Sistemas de sujeción materializa esta idea a través de su red de fibras y nudos visibles que señalan que la cohesión no es natural ni automática, sino que requiere atención continua. La sujeción no es un estado fijo, es un proceso.

En Intersección común, los bloques irregulares de barro unidos mediante cuerda de yute evocan una arquitectura primaria, anterior a la estandarización industrial. La disposición sugiere remotamente la forma de una cruz, no como afirmación iconográfica sino como figura de cruce: intersección entre ejes, entre biografía y estructura, entre lo íntimo y lo colectivo. El barro conserva la huella manual; no hay repetición perfecta. La cuerda que une los fragmentos es visible, insistiendo en que la cohesión no es natural sino resultado de actos concretos de unión. Federici (2013) y Pérez Orozco (2014) han señalado que el trabajo de cuidados constituye la infraestructura invisible que sostiene la economía productiva. Aquí el nudo es estructura. La red no es metáfora sino materia, en sintonía con la noción de lo social como red de asociaciones propuesta por Latour (2005).

Tierra habitada adopta una forma más compacta y cuadrangular que evoca la célula constructiva básica de la vivienda. El barro modelado manualmente remite a la casa como acto humano elemental, a la construcción doméstica como gesto fundacional. Heidegger (1951/1971) entendía el habitar como la forma esencial de estar en el mundo; esta pieza sugiere que la arquitectura mínima del hogar es también arquitectura política. El hogar no es únicamente espacio privado, sino núcleo donde se producen y reproducen las micro-acciones que sostienen la vida común. Puig de la Bellacasa (2017) señala que el cuidado no es únicamente práctica interpersonal, sino ética material que atraviesa infraestructuras, objetos y entornos. La cuerda de yute que mantiene unidos los bloques refuerza que incluso la vivienda más básica depende de vínculos. El bloque es irregular, imperfecto, humano; su fragilidad no lo debilita, lo define. En Tierra habitada, el bloque no se sostiene por sí mismo; depende del vínculo visible que lo amarra. El cuidado se hace material.

El proyecto instalativo se presenta como una puesta en valor de esas micro-acciones que sostienen el tejido social en un mundo convulso. Butler (2016) recuerda que la vulnerabilidad es condición relacional; no nos sostenemos solos. La interdependencia no es debilidad, es estructura. Cada fibra de sisal, cada nudo de yute, cada bloque de barro puede leerse como figuración material de quienes sostienen lo común desde la cotidianeidad: madres, docentes, panaderos, enfermeros, abuelas. Sujetos cuya labor rara vez se monumentaliza, pero sin los cuales la cohesión social sería imposible. Haraway (2016) propone “hacer parentesco” como práctica de supervivencia; el entramado de fibras encarna esa red de responsabilidad compartida.

La experiencia del visitante bajo la estructura suspendida intensifica esta reflexión. El peso se percibe físicamente. La gravedad no es metáfora abstracta, es sensación corporal. La obra no dramatiza el colapso ni idealiza la estabilidad; presenta un equilibrio precario sostenido por entrelazamiento constante. Reconocer lo que sostiene es el gesto central del proyecto. Reconocer que la arquitectura del cuidado no es monumental sino irregular, áspera e imperfecta, pero profundamente estructural. Mientras exista el acto de amarrar, de volver a unir, de tocar tierra, habrá sostén.

Referentes:

Bennett, J. (2010). Vibrant matter: A political ecology of things. Duke University Press.

Butler, J. (2016). Notes toward a performative theory of assembly. Harvard University Press.

Denis, J., y Pontille, D. (2022). Maintenance and repair in science and technology studies. MIT Press.

Federici, S. (2013). Revolution at point zero: Housework, reproduction, and feminist struggle. PM Press.

Foucault, M. (1975). Surveiller et punir: Naissance de la prison. Gallimard.
(Edición en castellano: Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.)

Haraway, D. (2016). Staying with the trouble: Making kin in the Chthulucene. Duke University Press.

Heidegger, M. (1971). Building dwelling thinking. En Poetry, language, thought (A. Hofstadter, Trans., pp. 141–160). Harper & Row. (Trabajo original publicado en 1951).

Latour, B. (2005). Reassembling the social: An introduction to actor-network-theory. Oxford University Press.

Morton, T. (2013). Hyperobjects: Philosophy and ecology after the end of the world. University of Minnesota Press.

Pérez Orozco, A. (2014). Subversión feminista de la economía: Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Traficantes de Sueños.

Puig de la Bellacasa, M. (2017). Matters of care: Speculative ethics in more than human worlds. University of Minnesota Press.

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